jueves, 27 de agosto de 2015

Camino inexplorado.







No hay mucho que buscar en zona de guerra,
allá huyen del frío, de las balas perdidas,
las provisiones apenas alcanzar para alimentar el batallón.

Entonces encontré el mismo camino  que había tomado para 
llegar al punto donde sonaba guerra.

Algunas que otros escritos los coloque en mi único bolsillo
apenas escampo, inmediatamente los abrí,
mojados por las torrentes lluvias a penas, borrosos se lee una que otra letra. Mi cuerpo está empapado hoy se muere de frío, algunos compañeros cayeron por el río...y así sucesivamente me quedé tan sola, hambrienta y perdía poco la visión. Mis botas las removí, mis pies están cansados. Más adelante encontré unos pobladores cerquita del camino, seguía sofocada, en este caso no tenía en mis manos un buen libro que me abrigará el tormentoso camino.

Volví con paso firme, aunque agotada, la ruta donde estaba porque parecer mujer también se sabe andar por zona liberal, por campo o la ciudad. 

Y llegué a mi destino, unos hombres bendecidos por Dios, una rueda de pan me ofrecieron para matar está hambre que solo me dejaron el caos de aquel camino. Allí no habían letras para narrar la odisea, nada encontré que me dieran mis fuerzas para poder explorar la guerra que no había sido planeada pero lamentablemente se hizo zona de guerra, cuando no quedó pan ni balas, ni ametralladora, ni gasolina para poder arrancar en aquellos camiones bien blindados en mi propio destino.

Nada hay que buscar en dicha zona perdida,
aunque comience en cero, voy a buscar internamente
mis bordados y un trozo de pan para volver así proseguir,
anhelando todo aquello que yo quería oír.

Malditas guerras, nos dejan gran vacío en el alma,
perdemos lo llevado, la vida tiritaba de frío, congelo
las palabras de mi boca, aunque con fuerza y con coraje
lance algunos puños en el aire, apriete  mis labios quemados 
por el sol y presto mis pies los esforcé la ruta que había andado.

Por supuesto desde el horizonte vislumbre
los verdes prados, la floresta, las aves y las gaviotas
entonces comprendí que mi cuerpo inerte, 
por la gracia Divina, todavía no había muerto.

Llegué a mi apreciado lugar,
del que nunca debí salir
simplemente para una aventura peligrosa
que en venganza mi mente organizo. 

¡Que alegría sentí ver la casa alumbrando,
la misma casa que un día yo salí!
Igual que yo, los chicos de la calle,
mientras los observaba, ellos también habían crecido
los miraba a cada uno en sus ojos
¡Cómo cambian los tiempos!

Ni la literatura encontré en donde 
por equivocación inicie tal camino.

Autora: AventurasDiris




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